Resulta consubstancial a la actividad filosófica la pasión por la verdad.
En su Metafísica, Aristóteles se refiere a aquellos primeros sabios como los que se dedicaron antes que él al estudio de los entes y filosofaron sobre la verdad (Met, 982b).

¿En qué podían consistir ese filosofar sobre la verdad? ¿Por dónde empezar nuestro filosofar sobre la verdad?
Lo primero que nos dice esa noción, tan connatural a la inteligencia, es que las cosas son como son y no como nosotros desearíamos que fueran, sea movidos por nuestros intereses, apetitos, enseñanza recibida o creencias ambientales.
Siendo que, según nos dice Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”: “Toda arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien y por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello a que todas las cosas tienden” (Et.Nic 1094α), ¿qué otra finalidad puede tener la actividad intelectual que no sea la verdad sobre aquello que investiga?
La verdad era la meta de la filosofía, saber lo que las cosas son.
El animal se acerca o huye de las cosas, reacciona ante ellas según ellas lo estimulen. Pero no las ve como algo distinto y con entidad propia. Para la inteligencia humana saber cómo las cosas son en realidad implica saber a qué atenerse y cómo orientar su acción respecto de ellas.
Imaginemos a alguien enamorado de otra persona que le hace ver que también le quiere, pero resulta que esa persona le engaña con otra, que en realidad no le quiere, ¿preferirá ignorar ese hecho? ¿No influirá ese conocimiento o su ignorancia, en la relación con esa persona? Saber lo que realmente las cosas son nos permite orientarnos en la vida sabiendo que podemos esperar de ellas.
Querer saber lo que las cosas son nos obliga a ser originales, a volver al principio, a examinar aquello que encontramos ya asentado en nuestro conocimiento y buscar de nuevo el camino que nos lleve a lo que las cosas son en sí mismas. Un camino que tal vez ha sido encontrado, que muy probablemente otros ya han encontrado, pero que necesita ser reconocido por nosotros.
Así, la verdad empieza por ser una actitud de entrega a la cosa, olvidándose de uno mimo, y recorriendo el camino que creemos nos llevará a ella. A esa actitud y actividad se le llama investigar y pensar por uno mismo. A eso obliga la filosofía.

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